Descanso y reflexión
Hace unos días tuve la oportunidad de aprovechar un par de semanas de vacaciones, una de las cuales fue disfrutada ampliamente en Acapulco. Como había rumores de que la autopista estaba muy dañada y que el costo de peaje era alto, decidimos en familia irnos un poco a la aventura y otro tanto por economía por la ruta sin costo, mejor conocida como libre o federal.
En realidad fue toda una experiencia entre dolorosa y fresca. En el primer caso, porque el tiempo para arribar a la conocida bahía es tremendamente largo. No hay tanto tráfico como antes pero la sinuosa orografía impide ritmos consistentes. A cambio, se tiene una vista muy gozosa, con mucho verde y paisajes tan cambiantes como primitivos. En este sentido es un aliciente para quienes amamos la conducción porque con tantas curvas y buen asfalto en la mayoría de ellas, todo fue un deleite.
Lo triste de esta experiencia es que siendo Acapulco un destino tan socorrido por tanta gente –no sólo del país también hay buen porcentaje de extranjeros-, la autopista siga siendo el caro y malhecho trabajo de una administración que presumía modernidad.
Hoy, las reparaciones son tan costosas que se habla ya de una duplicación en inversión sobre el valor de la misma autopista.
Ay nuestro México. Qué pasaría si se las cosas se hicieran bien y a la primera para que ese gran proyecto realmente ayudará a una ciudad que todavía tiene gran atractivo para muchos mexicanos.
Creo que es utópico esperar cambios en el mediano plazo, pero no imposible. Ojala ocurran aunque no sea pronto.
Por Gilberto Samperio Islas Coordinador Técnico Automóvil Panamericano