A nuestra redacción suelen arribar cartas de lectores que desean iniciar su carrera como pilotos de carreras. Un sueño muy grande y costoso, que desafortunadamente en este país resulta posible sólo para unos cuantos con el dinero y contactos suficientes para realizarlo.
Porque, si somos honestos, no existe una infraestructura mínima para formar pilotos de buen nivel. Cierto, están los campeonatos de karts –pequeños, casi de amigos- y los seriales nacionales cuyo alcance es más comercial que formativo, por lo que no ofrecen garantías plenas de una preparación completa y bien sustentada en bases técnicas.
También es cierto que varios de nuestros aspirantes a pilotos superan la mayoría de edad, cuando lo ideal para formarlos es prácticamente al dejar de usar la bicicleta.
La historia de los grandes talentos lo revelan: Schumacher, Alonso, Hamilton y el mismo Senna tuvieron mucho fogueo en su infancia y adolescencia; a los 18 años ya contaban con una experiencia suficiente para acometer tareas más exigentes al volante.
En este sentido, también vale la pena aclarar que no basta la pasión por la velocidad; es necesario un talento extraordinario para sobresalir del resto y sobre todo, para comprender a fondo el comportamiento de un auto de competición, cuya premisa es muy distinta a la de un coche común.
Porque a pesar de que a todos los entusiastas nos encanta la velocidad, lo cierto es que son muy pocos los que pueden dominar y extraer el máximo posible – a veces hasta más- de un auto deportivo, ya ni mencionar uno de competencia.
Así, el deseo y la pasión por la velocidad no debe confundirse con el verdadero talento al momento de abordar un circuito profesional. En ese sentido tienen mucha razón de ser los seriales de inicio como el kartismo. Allí, a bajo costo, se puede calar el material de que están hechos los aspirantes a verdaderos pilotos o simplemente, los que comparten el deseo por la velocidad.
Gilberto Samperio Coordinador Técnico Automóvil Panamericano
No hace mucho un intercambio intermitente de correos electrónicos con varios lectores nos hacía que deberíamos considerar la inclusión de un verdadero piloto en nuestras pruebas. Tal como ocurría en algunas revistas de renombre, sobre todo estadounidenses. Es cierto que a simple vista un piloto posee suficientes cualidades para llevar un automóvil común al límite de sus posibilidades mecánicas y dinámicas. Pero siendo honestos, los pilotos pertenecen a una especie diferente de los comunes que adoramos el automóvil.
En realidad, su pasión por el vehículo no es la razón de su sacrificio y entrega. Su verdadero grial es lograr la velocidad máxima de un vehículo en un circuito o trazado rápido. Su carácter competitivo los hacen olvidarse de los detalles finos de la construcción o del equipamiento, así como de su importancia en el mercado. Incluso pueden perder de vista al cliente objetivo de autos considerados deportivos.
Su verdadera escenario es la pista y su esencia, la adictiva adrenalina que brota al competir con otros iguales. Sobresale el instinto de ser el mejor y el más rápido, por lo que la vicisitudes de tamaño sólo importan si afectan la rapidez con la que puede correr el vehículo que tienen en las manos.
No hay mala interpretación ni envidia de parte de nosotros los probadores de la revista. Es claro que en el fondo nos encanta esa descarga de adrenalina que se dispara al correr en la pista. Pero nuestro verdadero amor es el automóvil, con todas esos elementos que desde un punto de vista deportivo son estorbosos como los asientos, la cajuela, el aire acondicionado e incluso las minucias de acabados e insonorización.
Además, las responsabilidades de cada uno son muy distintas. En el caso de los pilotos, la única premisa es reducir tiempos y lograr la mayor velocidad posible sin romper –casi- el coche, por lo menos durante la carrera que se tiene enfrente. Para nosotros los probadores, los objetivos son más amplios. Debemos hacer un análisis del auto como producto, como icono y sopesar su impacto social y demográfico.
También existe otra contraparte interesante. Los pilotos tienen que manejar un mismo coche muchas veces en la pista o trazado a efecto de conocerlo al detalle para explorar los posibles puntos débiles y extraer lo mejor de cada elemento. Mientras, los probadores tenemos menos tiempo pero muchos ejemplares a revisar. Así, la sensibilidad de un piloto es extraordinaria aunque sólo aplica para un par de vehículos. Por nuestra parte, la sensibilidad de los probadores es menos sobresaliente, pero dada la variedad de vehículos manejados y sometidos a pruebas, tenemos una fina especialidad en adaptarnos y comprender de manera inmediata el carácter de un auto. Y es este último trabajo el que traducimos a nuestros lectores vía la revista, la página de Internet así como los comentarios realizados en el programa de radio.
Respetamos y admiramos las habilidades de los pilotos, que son extraordinarias. Pero en tema de impacto y alcance informativo, creo que llevamos las de ganar.
Por Gilberto Samperio Coordinador Técnico Automóvil Panamericano